La biblioteca de colores

Daban vueltas los padres intentando aparcar sus coches, cuesta arriba, cuesta abajo, en aquel barrio obrero asomado al canal del Calamón. La biblioteca, engastada en la fachada de un edificio bajo, los seguía, perpleja, con su mirada de ladrillo visto, y se preguntaba qué habría pasado para que tanto forastero buscara aparcamiento en aquellas calles, estrechitas y empinadas. 

Vista desde fuera, con su puerta de aluminio y cristal, con su persiana metálica, uno podía pensar que era una papelería o una agencia de viajes. Y bien es sabido que la conciencia que una biblioteca de barrio tiene de sí misma es, en realidad, la suma de la conciencias que sus vecinos tienen de ella. Y es por eso que la biblioteca apenas sabía que lo era. 

Ahora ya podréis imaginaros su sorpresa cuando vio que aquellos conductores, acababan, tarde o temprano, cruzando su umbral reluciente, agarrados de las manos de sus hijos e hijas, todos con cara de saber algo que ella desconocía. 

Fue entonces cuando miró para sus adentros y vio las sillas dispuestas de una manera distinta, y una mesa colocada enfrente, y una chica con pelo de plata y tinta que sacaba dibujos de una carpeta y los esparcía por la mesa como si fueran radiografías de un dinosaurio cuyo esqueleto quisiera recomponer.

La biblioteca buscó a Marisol, entre esa multitud en miniatura que habitaba ahora las sillas y los rincones, y la encontró trajinando con un puñado de devoluciones. 

—Marisol, ¿qué hay hoy aquí?— le preguntó. 

La bibliotecaria levantó los ojos de sus asuntos y suspiró. 

—Biblioteca, para empezar, «aquí» eres tú, así que no entiendo cómo puedes no saberlo; y, para terminar, ¡te lo he dicho cien veces! Tienes hasta carteles pegados en tus paredes. Hoy hay «Libros Como el Viento»: un taller con niños.

Pero como la biblioteca no diera muestras de entendimiento, Marisol cogió uno de los ejemplares que había sobre su mesa, lo levantó y susurró.

—Hoy viene Leticia, Leticia Ruifernández, la ilustradora de La Caja de Colores.

La biblioteca enarcó los tubos florescentes y abrió la puerta del baño.

—¡Leticia! —exclamó con su voz de pladur y baldosa.

—¡Shhh! Que está ahí.

—¿Es ella?

Lourdes asintió volviendo ya a sus tareas. En ese momento, Leticia cruzaba una cuerda de tendedero, de lado a lado de la biblioteca, y después colgaba de ella los dibujos con unas pinzas prestadas por una vecina que, al punto, había salido a tender la ropa en la azotea de enfrente. Al terminar, montó un caballete y abrió la caja de acuarelas. Los pigmentos se revolvieron en sus cubiletes y los niños en sus sillas, porque los niños y los pigmentos están unidos por la luz y el agua. 

La biblioteca relajó las estanterías y descargó toda la tensión sobre los pilares. ¡Ah, cómo le había gustado ese libro! En él, dos niños o niñas, aún no había diferencias, Cielo y Tierra, recibían un regalo del Sol: una caja de colores para pintar el mundo. Y se los repartían entre risas y protestas, experimentando, jugando a hacer y deshacer para siempre, dioses de la imaginación.

Leticia empezó a pintar: pedía al público nombres y rasgos prestados, y ante sus ojos iba apareciendo un personaje nuevo, de la nada: LOCARCILO, que tenía la mirada de LOla; los brazos de CARmen; la sonrisa de CIryel y la ropa de LOrena. Así: LOCARCILO. Y una historia inventada por todos: una detective infiltrada en un equipo de fútbol para resolver un crimen.

La cuerda de tender se llenó de colores: luna, sol, tierra y cielo, pero también amapolas, lilas, moras y, sobre todo, oropéndolas. ¡Qué proyecto más ambicioso la oropéndola! Y las pupilas, húmedas, diluyeron la tarde, que se hizo aguada en los rostros de papel. 

Y cuando estuvo todo dicho y pintado, la biblioteca cambió el peso de lado —¡se le había dormido un pilar!—, y los forasteros y sus hijos, y también algún vecino que había llegado atraído por el vuelo de la oropéndola, supieron que era el momento de despedirse. Unos se desperezaron, otros se despincelaron, todos recogieron la postal que Leticia les regalaba. 

Al salir, miraron la fachada. Ya no era más papelería ni agencia de viajes. La biblioteca los vio marcharse, como si aquellos forasteros, hijos, hijas y maestras hubieran escapado de algún libro, de entre sus estantes. Y los supo también suyos. Y tuvo conciencia de sí misma. Y le gustó el papel que le había sido asignado: 

—Biblioteca de barrio —se dijo—, no suena tan mal después de todo.

—Te lo he dicho mil veces, Biblioteca —contestó Marisol mientras devolvía la sillas a su sitio de siempre. 

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