Versos vegetales para un puñado de animales (en el mejor sentido de la palabra)

Texto e imágenes: Miguel Ángel Carmona del Barco

Director del CELARD

Hay una biblioteca en el barrio de San Roque que a veces es biblioteca, a veces claro de bosque. Junto al centro de salud, atolón rodeado por un océano de aparcamientos, se levanta casi sin quererlo un edificio gris y azul que igual podría ser un hospital abandonado que el cuartel general de un ministerio secreto. Uno entra hasta el vestíbulo y le dan ganas de pedir un formulario, el que sea, o de hacerse una endoscopia. Pero si toca con los nudillos la primera puerta a la derecha, o si empuja, temeroso, la primera puerta a la derecha, siente ya la extrañeza de los libros abarloados en sus estantes, y una atracción como de chimenea a medio apagar, los rescoldos aún incandescentes, a la espera del soplo que prenda una nueva llama.

Hay un maestro poeta, o poeta maestro, que es capaz de vivir en Sevilla, en Plasencia y en Monesterio, y que no necesita mapa para viajar porque nunca se va de los sitios. Su fama, merecida, alcanza todo el orbe, porque da consejos a las amapolas que incalculable valor terapéutico; pone voz a la lucha de clases entre el trigo y el molino; y ha expresado como nadie los avatares del tulipán inmigrante en esos comienzos en los que, tan difícil se le hacía que le dieran de beber. Además, escribe libros con veinte palabras que se leen eternamente. Se hace acompañar de juglares y músicos, dice que con la intención de arrinconar una timidez que le teme más a él que él a ella; una timidez que es traje, no disfraz, si acaso máscara, pero nunca careta.

Hay libros como el viento y, si alguno es, ése es Versos Vegetales. 

Antonio Rubio se apuntala en el centro del claro. Le rodean cuarenta niños y niñas, niña arriba, niño abajo, y una buena representación de padres y madres. Hay tres tamaños de sillas, como si fuera un casting para Ricitos de Oro. Uno piensa: hace falta un milagro para que esto salga bien, porque qué posibilidades puede haber de que cuarenta criaturas le hagan caso a un poeta, y entonces Antonio Rubio levanta una mano, la manga se le escurre un poquito hacia abajo, tipo Tamariz, y los ojos siguen a la mano. Principia un ritmo, lo interrumpe para decir algo; lo retoma y vuelve a interrumpirlo: de repente todos queremos que siga, y tal vez ya ha conseguido su propósito, tal vez nunca se lo propuso, pero el bosque ya no es más biblioteca y la marea se ha llevado a los coches lejos, a la otra punta de la ciudad. Empiezan a llover rimas. Nos resguardamos tras nuestras sonrisas más cándidas. Las enredaderas nos trepan por las piernas; una urraca nos anida en la esperanza; tres campanillas se sacuden y hacen resbalar el rocío que la madrugada dejó sobre sus sábanas por nuestros pómulos; el gusano de la manzana sale a saludar; la mariposa monarca nos mira a los ojos y nos pregunta de qué nos sirve tener alas en la cara.

Cae la tarde en el claro y los niños miran, impacientes, a su alrededor, deseando que se haya borrado el sendero de regreso. Sólo algunas maestras, probablemente las que más mandan a callar en sus clases, perturban con su cháchara la magia del bosque. Antonio Rubio saca del zurrón una colección de juguetes que su hijo le trajo de Lituania —de bosque a bosque— todos hechos con madera: metrónomos infantiles, una osa lava a su osezno, un pájaro picotea un tronco, mientras el poeta recita, a pesar de la costumbre, incapaz de sustraerse al asombro.

Se acerca la hora de la ciudad. Rubio ofrece un cuento más, y otro más; e invita a una ronda de trabalenguas. Ahí todos nos damos cuenta de que la magia está impaciente por dividirse en porciones y acompañarnos a nuestras casas, así que desenredamos las enredaderas; aventamos a la urraca, que echa a volar dejando en un huevo en el nido de nuestra esperanza; nos secamos el rocío de los ojos y parpadeamos con nuestras alas antes de echar a volar.

Rubio firma libros y abrazos. El bosque va quedando en silencio. La ciudad parece ignorar que existimos. Suerte que tengamos memoria para recordar el camino hasta el claro.

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