De témperas y tortugas

Crónica de un taller de dioramas, con Antonio Santos.

Texto e imágenes: Miguel Ángel Carmona del Barco

Director del CELARD

Dice el cuento que existió una vez un hombre, en la ciudad de Buenos Aires, que enfermó y que, para salvarse, tuvo que trasladarse al monte, dejando a sus hijos a cargo de un amigo. Dice el cuento que el hombre tenía muy buena puntería por lo que, en el monte, una vez estuvo recuperado, pudo cazar y alimentarse.

Más adelante, el cuento dice que el hombre salvó a una tortuga moribunda del ataque de un tigre, y que la cuidó y alimentó hasta que estuvo recuperada. Después fue el hombre el que enfermó de nuevo, y la tortuga, la que buscó raíces y agua para él, permaneciendo a su lado hasta que estuvo recuperado. Pero al despertar, el hombre se sintió solo y dijo que moriría allí, donde nadie le acompañaba. Cuando volvió a quedar inconsciente, la tortuga que se apiadaba de él y sabía que le debía la vida, se lo echó al caparazón y caminó y caminó durante días, parándose únicamente para alimentar al hombre, rumbo a la ciudad de Buenos Aires donde, pensaba, el hombre se curaría de la soledad como un día pasado el monte le curó de su enfermedad.

Dice el cuento que, viendo unas luces a lo lejos, la tortuga no pudo más y se echó a morir junto al hombre. Pero pasaba por allí un ratón que le preguntó qué le ocurría. «Quería ir a Buenos Aires», contestó la tortuga, «pero vamos a morir aquí porque nunca llegaré». El ratón le señaló las luce en el horizonte y le dijo que ya estaba muy cerca, y la tortuga, animada, completó lo que le quedaba de trayecto. Y llegando al zoológico, donde trabajaba el amigo del hombre, salvó a éste de su soledad, y ella misma encontró un hogar en el que el hombre la visitaba a diario.

Antonio Santos termina de contar el cuento a los treinta y cinco niños y niñas que le atienden, ansiosos porque los platos de plástico blanco se manchen con la témpera; por hundir los pinceles que ya empuñan en esa témpera que esperan. Antonio Santos saca de una bolsa tres originales creados por él para ilustrar la edición de Cuentos de la Selva, de Horacio Quiroga, con la que Nórdica obtuvo el Premio al Libro Mejor Editado en España el año pasado. Algunos niños exclaman; otros, los más místicos, suspiran. Santos les dice: «vais a hacer uno como estos, en el que la tortuga lleve al hombre sobre su caparazón». Pero no les enseña ese diorama en concreto, que no ha traído, sino que deja que los niños y niñas saquen del cuento mismo la imagen a la que darán forma y vida con sus manos.

Raciona la témpera: primero el azul, para pintar el cielo y el agua. A continuación, el blanco, para las nubes y las cumbres nevadas. Después, el amarillo, para el sol, y para el verde de los bosques y los árboles. Ahora el rojo, para la sangre y las amapolas. Y al final, como si una sola pincelada a destiempo pudiera sepultar lo hecho hasta el momento, el negro, para los ojos, los pájaros y el corazón de los malvados.

Los niños y niñas pintan la caja de cartón sintiendo en la tridimensionalidad del espacio la viveza y el dinamismo del teatro y el cine. Recortan flora y fauna en las cartulinas y, con pequeños cuadraditos de cartón —Santos ha traído cortaditos tal vez mil en una bolsa— adheridos a la parte trasera de las figuras, las elevan sobre el fondo, creando la sensación de profundidad y distancia. 

Al cabo de la tarde, muchos miran la escena que han compuesto y murmuran, pensando que nadie los oye, el conjuro que debería animarla. Es el eco del cuento, que aún resuena en nuestros oídos. Antes de empezar el taller, Santos les ha dicho que no podrán llevarse lo que hagan a casa porque el pegamento aún no se habrá secado, y que tendrá que regresar al día siguiente a por ello. Por supuesto, nadie le hace caso en eso. De uno en uno, desfilan orgullosos de sujetar entre sus manos, tempereadas y pegamentadas, un pedazo del mundo de Quiroga, y de mostrárselo a sus padres y madres, que aguardan a las puertas de la biblioteca. Y yo sé que, en el fondo, Santos se alegra de que ninguno haya querido dejar su creación en depósito.

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